jueves, 26 de mayo de 2011

El fin del mundo, el principio de todo



En la Argentina, todo es sí pero no, o no pero sí. A bote pronto, de primeras. El melodrama es estado nacional, aunque éste es tema para otro día. Ayer fue el día de la patria, y Cristina Fernández, que se ha quitado el Kirchner del nombre de batalla, arengaba a la nación a lo Evita, "en un mundo que se va a pique".



Hoy arrancamos el día desde Ushuaia, la ciudad más al sur del planeta, dicen. Territorio carcelario, lugar rudo, de extremos, en un huequito entre un revoltijo de mares, aguas, montañas, ríos, nieves y soles. Donde te venden el pescado aunque les cuesta salirse del bife. Lugar de paso y reflexión para Darwin y Julio Verne, que le dedicó un cuento al Faro del fin del mundo, en el Beagle. Terreno de siembra para aventureros y descubridores: frío, húmedo, inóspito, virgen, grande, en una isla argentina rodeada de Chile por todos lados.

Con Chile no hay buen rollito, me da. Los mandatarios se dividieron la zona en su día y pusieron un paralelo a separar naciones. El resultado es que el Canal Beagle es chileno en una orilla y argentino en la otra, y sus aguas son pacíficas, aunque los argentinos se declaren ubicado en el Atlántico. Agria pólémica ésta, en la que no seguiré profundizando, de momento.

Hacia el interior, descubrimos el Parque Nacional de Tierra de Fuego, el lago Roca (que en su parte chilena se llama de otro modo), el río Pipo, el tren de los presos, los caballos salvajes, los sandwiches de centollo, el chocolate Home made. Hacia el mar (de aguas del Pacífico), las islas del Beagle, la barrera natural que es la Isla Navarino, que separa el Beagle del Cabo de Hornos. La Antártida está a mil kilómetros (ná y menos). El Polo Sur, a tres mil. Surcando esas aguas del Pacífico, encontramos leones marinos en libertad, focas juguetonas que se divierten con la estela del catamarán, y transmiten felicidad de un modo extraño, cormoranes (pingüinos que vuelan) ruidosos, un laberinto de islas al que un señor de nombre Bridges llegó un día y le puso los nombres de sus familiares, esposa e hijos. Tan ancho se quedó. Uno, que no filtra, intenta ponerse en el papel de los señores navegantes que hace quinientos años llegaban a la zona después de meses de navegación, y provistos de un gepeese mental y una cascarría de madera, decidían si iban por uno u otro lado. La decisión les llevaba a la historia, los mapas y los libros de texto. O a la muerte y el olvido. ¿Cuantos


Magallanes navegaron por estas aguas, del Pacífico, hasta que don Fernando triunfó y vivió para contarlo?

En estos lugares que tocas unas vez en la vida, que te llevan al límite propio, yo siempre llego a la misma contradicción: qué grandes y qué pequeños somos a la vez. El aire fueguino da vida. Y ahora pal norte, al Perito Moreno.




P.D.: me da la sensación de que les apetece a los argentinos poco hablar de fútbol, al menos con los españoles. Yo, por si acaso, saco pecho. Sí, señor.

viernes, 20 de mayo de 2011

Cuando levantemos los iglús...

Creo que os lo decía ayer. No me gusta el pancarteo. Creo más en el movimiento que en la manifestación. Esta moda de gestos que se quedan vacíos en ná y menos me inquieta. Me eché a la calle el 12 de marzo de 2004, y lo hice por susto, por miedo, por rabia, por incertidumbre. Nunca mais, que yo recuerde.

Y es, básicamente, porque me pone de los nervios que alguien me trate de imponer su pensamiento único, que alguien decida por mí qué es correcto, qué está bien y qué no. Era fan del “Richal” en Siete Vidas, pero su dueño me cae gordísimo (me dicen que, por supuesto, anda por Sol estos días). Al margen de las ideas, sin entrar en los fondos ni en la razones. No aguanto a los Bardem doctrinales de la vida, la política, el fútbol, como tampoco a los Foros por la vida, la familia, la protección del pato congoleño,… que se quieran adueñar de ideas que no tienen colores ni siglas.

Claro que estoy preocupado por la situación del país, por los temblores del mundo, por el paro, por la deriva incierta que se intuye, por el recorte real de libertades, dentro y fuera. En este país, si hablas contra lo que manda, te la juegas (hemos avanzado poco, en este temita). Estoy preocupado por el promovido camino hacia el Analfabetismo Real que transitan los niños y niñas, los jóvenes y las jóvenas. Me asusta que algunos, unos cuantos, vayan a Sol sin saber a qué, por qué, que vean en el kilómetro cero una placa que habla de los héroes del 2 de mayo y crean que es un homenaje a los que montan botellones en otra Plaza más al norte.

Estos días, por lo que he leído, pedimos cambios en la ley de partidos, cambios en el sistema electoral (que levante la mano quien sepa qué es D’Hont, cómo funciona, por qué se optó por éste), la nacionalización de los bancos,… Me parece estupendo que pidamos lo que queramos. Somos libres de pedir. A mí, sin una opinión formada, me gustaría saber, a continuación, si la alternativa al inválido sistema político que nos ha costado estabilizar treinta años es un federalismo al estilo Alemania, un presidencialismo al estilo Yuesei, una mezcla de todo al estilo Francia, un sistema único como el de Suiza, el comunismo de Cuba o el látigoyarrozparatodosismo de la primera potencia económica mundial y futura mecenas del planeta… (tirando de mis apuntes de Instituciones Jurídico-Políticas Contemporáneas).

Tampoco sé si el fervor popular lo hemos aprovechado para armar una propuesta real en forma de iniciativa legislativa popular, que es un instrumento que nos da a los ciudadanos nuestro ordenamiento jurídico para poner sobre la mesa asuntos o propuestas que nos interesen (vale que no sirve para las leyes de base, en la Constitución, o en su parte de libertades, derechos fundamentales, etc… Pero podíamos empezar por ahí, si somos suficientes, claro).

Estos días condenamos dictaduras, dejamos de ver un ratito a nuestros ídolos discotequeros del Gran Hermano para gritar "televisión, manipulación", olvidamos nuestra historia, sentenciamos monarquías y creemos haber recogido el testigo de los hermanos egipcios (a mi me da que, modestamente, no es aquel nuestro caso, afortunados), pero no acometemos la tarea real de decidir si queremos una república como la de principios del siglo XX, o un festival de alianzas, partidos y siglas como la de aquellos años que el bipartidismo se fue a pique (no Piqué, que no hablo de fútbol). ¿Queremos aquello, que funcionó tan bien, o queremos algo distinto?

Y así podría seguir, preguntándome qué queremos, o qué quieren y cómo proponen guiarnos hasta un nuevo mundo feliz, en concreto, los que piden, acampan y obligan a una interpretación “laxa” de las leyes (oportuna y lógica en este caso, pero veremos si en otros también) para evitar males mayores, espero, a pesar de lo que está obligado a decir por ley la Junta Electoral.

Conste que, como toque de atención a todos, en general, el gesto me parece relevante, aunque no tengo ninguna fe en que cale a medio plazo. Por eso, cuando acaben las concentraciones, y votemos (votéis), ganen unos u otros, yo me preguntaría, e intentaría que todos los manifestantes se preguntaran: “¿Qué hago yo, además de manifestarme, por hacer que las cosas mejoren? ¿Cómo intento ser mejor ciudadano, mejor convecino, mejor profesional,…?”. Personalmente, me suelo decir a mí mismo que la revolución nace del compromiso individual de las personas, de los jóvenes que atienden a los mayores, de los mayores que enseñan a los jóvenes, de todos los que quieren aprender día a día, y hacer cosas en su pequeño o gran universo. O al menos, intentarlo. Construir, crear, gritar sí a algo.

Me estoy re-leyendo y me estoy asustando, así que no diré mucho más. Solo una cosa, o dos: que me perdonen los que se sientan injustamente incluidos en esta generalización. Y acabo: si vamos por la vía de acción única de los grupos sociales, las iniciativas cibernéticas, las quedadas tuiteras, los gestos, los gritos, las pancartas, los lemas chorras, la pataleta y las sentadas y acampadas en iglús de Quechua, los desafíos y el yo, no a todo, hasta que venga otro a arreglar nuestros problemas, mal vamos (la Vida Real no está en el feisbú. La vida comienza cuando cerramos nuestro perfil). Parezco un señor mayor y quejica. A lo mejor lo soy. Pero este finde, la Puerta del Sol no me pilla de paso: tengo que seguir con la mejora de mi inglés, y un par de libros que leer, un partido internacional amistoso de niños que montar, varias noticias que escribir, y una maleta que hacer. Vamos, Argentina!!!!!!!

lunes, 10 de enero de 2011

El pie de oro

Vuelta la burra al trigo. Sí. ¿Y qué? Uno es de ideas fijas, mientras nadie desmuestre lo contrario. Estas Navidades he visto imágenes espeluznantes en los resúmenes anuales, de esas que uno se pierde cuando anda con la maleta a cuestas, de un lado pa otro, ganando Mundiales y esas cosas.

La más impactante, para mí, es la toma trasera del mano a mano entre Robben e Iker, en la final del Soccer City (la Ciudad del Fútbol de Joburg), cuando corría el sesenta y uno, creo. Ha dicho Casillas que cuando vio que el holandés le encaraba solito, su vida se convirtió en un eterno episodio de Oliver y Benji; los segundos, tres o cuatro, se le hicieron infinitos… Aguantó, aguantó, con los pies fijos al suelo como les enseña a los porteros jóvenes en Valdebebas, y se venció a su izquierda en el momento clave, intentando tapar todo el hueco posible. Fue entonces cuando el denostado Jabulani, de oro, como el pie de Casillas, rozó la bota derecha del gran capitán. Fue una caricia, un soplido, un susurro, un roce suavito pero histórico. Iker ganó en ese instante el Mundial, aunque levantara la Copa una hora más tarde.

No le van a dar el Balón de Oro (no entiendo por qué, si en 2006 se lo dieron a Cannavaro, ahora ni siquiera lo incluyen entre los finalistas). Y como no le van a poner nunca el cartel de “Mejor jugador del Mundo”, lo de “Mejor portero del Mundo” se le queda corto, el “Guante de Oro” ya lo tiene y no podemos canonizarlo porque ya hemos machacado lo de “San Iker”, yo propondré embalsamarlo, completito, y exhibirlo en Móstoles, o en el pueblo abulense, donde tiene sus colegas de la Mahou.

En Johannesburgo, el 11/07/2010 fue con su pie derecho, ya inmortal, al que habría que idolatrar de por vida, hacerle réplicas y montarle una ermita, o un santuario, un algo donde reverenciarlo. Pero antes, en los diez o doce años que el chico lleva intentando demostrar que es el mejor en esto del fútbol, han sido dedos como los de la Eurocopa 2008, o rodillas y cuerpos como los de la Novena con su club. Paradas y paradas, decisivas, únicas, definitivas, que han decantado las finales, los partidos hacia su Real Madrid o nuestra España, tanto como lo hicieron los goles de sus galácticos, o de los chicos de la Magia Roja. El capitán, oh capitán, mi capitán, no se merece el Balón de Oro. El hombre que ha levantado la Euro y la Copa del Mundo en dos años, que ha ganado no sé cuantas ligas y otras tantas Copas de Europa, no se lo merece. ¿Por qué? Que alguien me lo explique, plis. Y ya de paso, yo voto por Xavi, que es el otro genio discreto del fútbol español, hasta que en dos o tres años le releve Iniesta, San Andrés de Soweto.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Mi nuevo libro


Se titula “Los cien mejores, únicos y primeros blós de Hablando Solo”, y no lo voy a editar, que arrasaría en todas las librerías, es edición exclusiva para mis amigos, los que estáis desde mayo aguantando mis habladurías solitarias, supongo que por fe, por amistad, por curiosidad. El bebebló es nuevemesino y lo cuido con cariño porque es mi ventanita al mundo. Me divierte, me relaja, me motiva, me mantiene activo. Si me indignan los atropellos al periodismo o al madridismo que conozco, escribo. Si me tropiezo con algo que quiero compartir con los míos, escribo. Si encuentro historias interesantes, escribo. Si puedo aportar algo de luz sobre algún tema jurídico-deportivo, escribo. Si se me ocurre alguna chorrada, escribo.

Y escribiendo, escribiendo, llega mi idea número cien, casi a las puertas de los treinta y cinco tacos, en vísperas de unas felices navidades, del discurso del Rey, a ver qué cara tiene, el hombre, que está pachucho; de los bogavantes, unos calzoncillos nuevos y el Cointreau de Nochebuena, de los verdiales del San Cayetano del Día de los Inocentes, del José Mota y la maldita uva asesina que se atraganta en Nochevieja. De Caldea en Año Nuevo, de los tortazos en Grand Valira si no hace menos de -10 grados y no hay hielo (que luego, me caigo siempre justo delante de mi ahijado Pablo, y no quiero que se cachondee más de mí). De los Reyes Magos, del nuevo año, de la vuelta a la feliz rutina, con o sin rebajas al 300%.

Si miro los datos de visitas al bló no son millonarios, ni milenarios (no sé si el palabro es el adecuado para el uso concreto), pero me da igual. Más de cinco mil personas distintas (prefiero decir personas que ipés), no sé si por error o conscientes, han pasado por Hablando Solo. Me parece una barbaridad, porque escribo para mis amigos y la gente de buena voluntad, aunque el resto no se lo crea y se indignen si digo “A mí, plin”. Conste: miro los datos de visitas por saber el interés de la gente. Y me sorprende saber que os gustó mi loa a los camperos de mi Málaga, que reinventara al Quijote en pleno centro de Madrid, atascado en Plaza de Castilla, y las historias que os conté desde Sudáfrica y Trinidad (no fui a Tobago, y no fue por ser “tó vago”. Chiste malo, lo sé, pero me lo merezco, como Michel el viejo). Las increíbles revelaciones sobre el Abuelito y Heidi desde Schruns (no estoy resfriado, gracias) también impactaron. Le tengo cariño al día que desde el sufrimiento de no sé qué campo de fútbol sudafricano se me ocurrió inventar aquello de “La magia roja”, para superar lo de “la furia”. Sé que he defendido a Iker más de lo que debería, pero no es tema discutible. Igual que lo de Mounaldo, Mounaccio, Moutodo, San Yosé el de los mazapanes. Me resulta curioso que sea tan visitado el bló en el que dije que, en el fondo, la Copa de Europa, la Orejona, volvía a casa cuando iba al Bernabéu (a cuento de la polémica estúpida de la final de la Champions en Chamartín). Málaga, el Málaga, me duele y me ilusiona, ahora que tenemos jeque-jeque (este año no estamos centrados en la Copa del Rey, conste. Tenemos otros objetivos). Hablando de dolores: el ciclismo me preocupa, pero hoy no es el día. Sí debo agradecer que mis amigos hayan seguido mis escarceos por algún tema ciclista más o menos trascendente. Y no me olvido de mi derecho deportivo, el que trabajo en el Máster como puedo, que sé que debería cuidarlo más, debería abordarlo más. No es fácil, por la materia en cuestión y por el sitio desde el que suelo escribir.

Me miro el ombligo y pido perdón por ello, por este artículo meta-lingüístico, que diría el profe, por hacer balance, alegrarme de este tan inolvidable como inesperado 2010 y tirar palante. Me piro de vacaciones y dejo el bló en paz; paso a off (me mola la expresión tuitera) en las redes sociales, y a dormir, leer, vacacionar sin pantallas de ordenador, a poder ser, más que lo estrictamente necesario. Tengo que prepararme. El 2011 viene tan intenso como divertido. Ya os contaré. Epílogo: a los que leéis con cariño, gracias (prometo que no habrá más entrevistas exclusivas con Jabulanis y vuvuzelas). A los que leéis sin cariño, decidme si puedo hacer algo por vuestro cariño, je, sin pasarse pidiendo, que la cosa tá mu mala. A todos, para que veáis que cumplo mis própositos de año nuevo y aprendí inglés en este año ya envejecido: ¡¡japi crismas everibodi an everigüer an prosper year niu!!

domingo, 19 de diciembre de 2010

La Quinta del rondito

El primer día, los vi entrenar en la Ciudad del Fútbol y me asusté. A finales de mayo, los veintitrés se juntaron para ganar el Mundial, y los entrenamientos consistían en cinco minutos de carrera para calentar, un par de ejercicios físicos para justificar, y dale al rondito: ronditos de todas las clases inimaginables. Los había por grupos contra uno que intentaba robar el balón, con mini porterías en cuatro equipos, con porterías y porteros a medio campo,... Con ronditos, calentamiento y remates a puerta se completaban día a día los entrenamientos, en la Ciudad del Fútbol, en Schruns (recordemos, donde vive Heidi) y en Potchefstroom (recordamos, tormenta de tapitas del cocinero, en idioma boer).

Llegaron las críticas después de los bolos preparatorios de Austria, y yo las ignoré porque me encontraba con unas sesiones de entrenamiento espectaculares: a base de ronditos, pero espectaculares. Recuerdo una, en Schruns, un día que llovía, en el que arranqué con "olés" solitarios y congelados ante la precisión de los toques, la brillantez de los controles (y más, estando por medio el Jabulani, bendito Jabulani), la intensidad de los cuarenta y cinco minutos de trabajo. Aquel día me dije a mi mismo: "estos disfrutan como cochinos jugando al fútbol. Y lo hacen de maravilla". No pensé que podríamos ganar el Mundial, pero creo que aquella jornada, en aquel campito de pueblo alpino empezó a gestarse en mi cabeza inquieta la normalidad con la que asumimos el triunfo en el Soccer City (Ciudad del Fútbol) de Johannesburgo.

El rondito, disgrego, se basa en un principio elemental del fútbol, uno que nos enseña el míster cuando tenemos once o doce años: toque y desmarque de apoyo, toque y desmarque de apoyo, toque y desmarque apoyo, hasta que aparece el hueco, y entonces tocas y tiras un desmarque de ruptura, para encarar al rival.

Este concepto, tan básico como difícil de aplicar, es el que nos sirvió para maravillar al mundo en Sudáfrica, y el que le sirve al Barça para ir de cinco en cinco (pocos son, con lo que juegan). Parece fácil, pero no lo es: hay que tener jugadores que te milimetren los pases, que inventen con el control, que tengan ojos en el cogote, que disfruten jugando al fútbol como niños. Y hay que aplaudirles cuando no les sale con quince años, cuando llega un veterano y les da una leche para que se dejen de toquecitos. Puede llegar un autobusero como Mounaccio, cerrarte todas las puertas con candados y que ese día no aciertes con la llave, te gane un partido y te eche de la Champions. Puede sorprenderte un Robben a la contra, y si no tienes a Iker Casillas, el justo merecedor del Balón de Oro, te meta dos goles y te quite la Copa. Pero lo normal es que si eres un vocacional artista del rondito eficaz (no confundir con bicicletitas inútiles), y las cosas te salen medianamente, en esto del fútbol, triunfes. Si encima, va el rival y no aprovecha que puedes estar cansado, o disfrutando de la Copa del Mundo, y te pone enfrente al entrenador que más te motiva para seguir teniendo retos, asunto resuelto. La fórmula no tiene misterios: Campeones del Mundo + Mejor jugador del Mundo + Motivación = el resto, que se peleen por el trofeo de la galleta, por construir hoteles, por comprar aeropuertos o por las migajas que deje la Quinta del Rondito. This is furbo, coño!!!!!